Gipuzkoa · historia
Un monte, un funicular y un casino: así nació el parque de Igueldo
En 1911 un grupo de socios donostiarras compró el Monte Igueldo para convertirlo en lugar de recreo. El funicular abrió el 25 de agosto de 1912, con un casino y un restaurante en la cumbre. El parque de atracciones llegó años después, empujado por una prohibición.
La Sociedad Anónima Monte Igueldo se creó en la primavera de 1911 con un millón de pesetas de capital. Olaizola sitúa su constitución en marzo y cita entre los socios a Paulino Caballero, Ángel Galé, Emilio Huici, Serapio Huici, Ramón Arteaga, José María Azcona y Evaristo San Martín. El primer consejo del que hay constancia se reunió el 18 de mayo, en el número 14 de la calle Easo. Lo presidía Eduardo Dupuy, director del Hotel de Londres e Inglaterra según el historiador ferroviario Juan José Olaizola, que escribe Dupouy. Caballero era vicepresidente, Azcona secretario, Galé consejero delegado y Evaristo San Martín gerente. El ingeniero Emilio Huici, socio de la compañía, firmaría el proyecto del funicular. Según la dirección actual del parque, el modelo era el Tibidabo de Barcelona.
Al poco de abrir, las necesidades financieras obligaron a ampliar el capital en quinientas mil pesetas, que cubrió en buena parte Luis Ángel Pascual. El apellido Pascual sigue ligado a la gestión del parque.
Un tercer parque para el veraneo
San Sebastián era entonces la capital del veraneo español. La reina María Cristina llegó por primera vez en 1887, y entre el baño de la mañana y el casino de la noche sobraba tiempo, cuenta Olaizola. Antes se habían abierto el parque de Ulía, con un tren eléctrico desde 1902, y el de Martutene, con una plaza de toros cubierta y, desde 1910, un «railway», una de las primeras montañas rusas estables del país. Según Olaizola, Igueldo les ganó el favor del público por la novedad y por la rapidez del viaje: con el tranvía y el funicular, desde el centro se tardaba menos de veinte minutos. Martutene decayó en buena medida por su competencia, y el tren de Ulía no circuló más tras la temporada de 1917.
Comprar el monte
Olaizola resume el plan en dos tiempos: urbanizar las laderas y, con la venta de parcelas y villas, financiar un centro de ocio en la cumbre. Allí se proyectaban un casino-restaurante, un cine y una pista de patinaje.
La sociedad compró terrenos a la condesa de Montarco y los caseríos de la ladera: Arroka Haundi, Arroka Txiki y la borda Arroka Zarra, en la actual zona de villas, según Noain. Permutó otros con el barón de Satrústegui para trazar la vía. Con los de la cima, junto al viejo torreón, formó el patrimonio de la compañía. El monte figura como Montefrío en algunos mapas, y su cima, para los viejos del lugar, era Txubillo.
En febrero de 1912 San Martín pidió licencia para un restaurante junto al torreón, que presentó como una «atracción para el forastero principalmente, y de solaz también para la ciudad». Los planos de Elizalde eran de septiembre y diciembre de 1911. Aunque el edificio estaba previsto en tres plantas, la sociedad declaró que por ahora levantaría una sola, con el restaurante y habitaciones para un empleado.
Las obras y los papeles
Las obras empezaron en 1911 y fueron rápidas. Se levantaron la carretera del faro, la vía del funicular, las dos estaciones y el restaurante junto al torreón.
Los papeles fueron detrás. El 22 de agosto, tres días antes de la inauguración, San Martín presentó los planos de las dos estaciones y pidió permiso para abrir el restaurante, ya construido. Los planos, firmados por Elizalde el 28 de febrero, no se aprobaron hasta el 31 de agosto. La concesión del funicular tardó más, según Olaizola: la sociedad empezó sin pedirla porque la línea cruzaba terrenos propios, el gobernador civil exigió regularizarla y llegó el 4 de diciembre de 1912.
Para llegar hasta la estación de Ondarreta se prolongó el tranvía desde el túnel del Antiguo. La sociedad aportó cuatro vagones «jardinera» y acabó siendo accionista de la compañía, tras canjear su equipo y su vía por acciones. La vía estuvo lista a mediados de agosto, pero el gobernador no autorizó el servicio hasta una inspección el 5 de septiembre, y la concesión del ramal no se subastó hasta 1924. En 1948 el tranvía se sustituyó por trolebuses.
Un funicular suizo y modernista

El funicular salva 151 metros de desnivel en 312 de recorrido, con una pendiente de hasta el 57,9 %. Huici lo proyectó y el ingeniero Severiano Goñi dirigió las obras. La casa Von Roll, de Berna, aportó el chasis y la maquinaria, y los coches se carrozaron en San Sebastián.
Dos coches unidos por un cable suben y bajan a la vez por una vía métrica, con carriles de cabeza triangular sobre traviesas metálicas embutidas en hormigón. A mitad de recorrido la vía se desdobla. El decreto de 2014 describe ese cruce con el sistema del ingeniero suizo Roman Abt: las ruedas de un lado de cada coche llevan doble pestaña y las del otro no, así que no hacen falta agujas ni piezas móviles. El motor está en la estación superior. Las fuentes discrepan sobre el original: Noain, sobre el proyecto, habla de 75 caballos, y Olaizola y el decreto, de 50; hoy el decreto da 125. Coinciden en el cable de 39 milímetros y en los 1,5 metros por segundo. Noain calcula 8 minutos y 42 segundos para el trayecto completo; Olaizola dice cinco minutos.
Cada coche mide unos diez metros y tiene cinco compartimentos, escalonados 60 centímetros para que asientos y acceso queden horizontales. Los planos le dan aforo para sesenta personas. Van pintados de rojo con detalles negros. Había además dos apeaderos, para los chalés que la compañía construía junto a la vía; se abandonaron en los años setenta.
La estación inferior, modernista, es del arquitecto Luis Elizalde: un cuerpo con las oficinas de la sociedad y mansarda de pizarra, otro solo para la estación, y una fachada con tres puertas rematadas en arcos de medio punto. Elizalde, nacido en Madrid en 1867 y muerto en San Sebastián en 1934, fue arquitecto de la Casa Real. Es el funicular más antiguo de Euskal Herria y el tercero de España, tras los de Tibidabo y Vallvidrera. El decreto fecha el primero en 1901 y Noain, en 1904.
25 de agosto de 1912
Los diarios anunciaron la apertura a seis columnas con un lema: «La vista más bella del mundo». El Pueblo Vasco llamó al lugar «la meca de los forasteros». Hacia la hora del almuerzo habían subido unas 500 personas, y por la tarde la cifra se multiplicó por tres o por cuatro. Subieron también el ministro de Estado y otros miembros del Gobierno con el gobernador civil. El príncipe de Asturias también estuvo, pero fue en coche.
El decreto de 2014 dice que inauguró el funicular la reina María Cristina. Noain, que lo sabe por el consejero delegado Luis Pascual, cuenta que durante su visita se cedió la recaudación íntegra del día a las familias de las víctimas de la galerna del 12 de agosto, en la que murieron pescadores de Bermeo.
Casino, teatro y baile
El conjunto creció enseguida. En 1913, el año en que se resolvió traer el agua desde Mendizorrotz, Elizalde firmó la ampliación del restaurante, que ganó una planta y quedó con sala de juego, gran salón, teatro y dependencias anejas. El Ayuntamiento aprobó los planos el 26 de febrero de 1914, a reserva del gobernador civil.
Elizalde reformó también el torreón. Según Noain, lo levantó en 1773 el consulado de San Sebastián como faro; el decreto recuerda que desde el siglo XVI hay noticia de una torre de luz, «la Farola», y describe la reforma de 1913-1914: una planta nueva con ventanales a modo de mirador y una terraza panorámica encima.
Noain, que recoge los recuerdos del consejero delegado Luis Pascual y de su padre, cuenta que casino, restaurante, teatro y baile fueron un buen negocio hasta 1925.
En mayo de 1926, la revista Mundo Gráfico dedicó su página 14 al «Monte Igueldo y la nueva Playa de Ondarreta». El cronista, A. Pedrosa, escribía que el viajero que baja «cómodamente» en el funicular «se halla en pleno dominio del mar, del campo y de la ciudad». Describía la cumbre como un lugar con casino, salones de baile, comedores, cinematógrafo, pista de patines y frontón, y de noche, una ciudad alumbrada por «millares de arcos voltaicos» y los faros de la costa. Presentaba Igueldo como uno de los mayores atractivos del veraneante, unido ya a Ondarreta por jardines a la inglesa.
El parque, hijo de una prohibición
En enero de 1925 el Gobierno de Primo de Rivera prohibió el juego. En 1927 la sociedad ensanchó su accionariado y apostó por un parque de atracciones. Según Noain, el gerente y el presidente, San Martín, viajaron a Sevilla y compraron atracciones de la Exposición Iberoamericana; no fecha el viaje y recuerda que la exposición se inauguró el 9 de mayo de 1929. Las canoas, el laberinto, la montaña suiza y el río misterioso se abrieron en 1930, con infraestructuras de José Antonio Elizalde. El decreto del Gobierno Vasco fecha la Montaña Suiza en 1926, junto con el torreón y una pista de patinaje, y añade, sin fechas, otras atracciones: el palacio de la risa, un carrusel, automóviles eléctricos, aeroplanos, el látigo y un teatro de marionetas.
Con la Guerra Civil, los accionistas se dispersaron y la compañía sobrevivió con dificultades. En los años cuarenta pesaron la guerra mundial y el bloqueo. El cine funcionó como sala de reestreno y, junto al baile, sostuvo la rentabilidad hasta mediados de los sesenta. El casino-restaurante, deteriorado, se demolió. En 1966 abrió un restaurante nuevo y en 1967 el hotel actual, que según el decreto se construyó tras derribar el casino. Fue entonces cuando el funicular empezó a dar pérdidas por primera vez.
Montaña rusa o montaña suiza
El nombre «montaña rusa» se atribuye a las pistas de hielo para trineos de la región de San Petersburgo, y llegó a Francia como «montagnes russes» en el siglo XIX. Por qué en San Sebastián se dijo «suiza» no lo explica ninguna de las fuentes consultadas, y tampoco hay una diferencia técnica reconocida entre una y otra: son dos nombres para el mismo tipo de atracción.
Según Olaizola, el nombre llegó tarde: habla de un «railway» al que se bautizó como Montaña Suiza tras la Guerra Civil, y llama «railway» también a la atracción de Martutene de 1910. Las fechas de la de Igueldo tampoco coinciden: 1926 para el decreto, 1930 para Noain.
En cambio, sí está descrito cómo es. El decreto de 2014 habla de un tendido de vía de moderados desniveles, con túneles y viaductos, sobre una estructura de hormigón armado, con vehículos articulados de madera guiados por una persona que va montada en uno de ellos. De madera son, por tanto, los vehículos y no la estructura. El recorrido tiene forma de trapezoide irregular, rodea la cumbre y cruza sobre el lago de barcas por unos arcos rebajados de piedra del lugar. El propio decreto la llama «railway», la palabra inglesa para los primeros recorridos de este tipo.
Un conjunto monumental
En 2014 el Gobierno Vasco declaró el funicular y el parque Bien Cultural Calificado, con la categoría de Conjunto Monumental (Decreto 84/2014). La empresa había pedido excluir el mirador, el parque y el hotel, y la Diputación de Gipuzkoa, una descripción más concreta. El Consejo de Gobierno lo aprobó el 27 de mayo de 2014 y se publicó el 11 de junio.
Protege la infraestructura del funicular con su trazado, su maquinaria, sus vehículos y sus edificios, una franja de cuatro metros a cada lado del eje de la vía y el parque con su entorno urbanizado. Siguen en pie y en uso la vía, los coches, la Montaña Suiza, el río misterioso, el lago de barcas y el torreón. El río misterioso tiene una noria motora de madera, un canal de hormigón y barcas de madera, y el lago de barcas es una balsa elevada con forma de cardioide. El decreto cita también una barandilla de fundición con motivos de Art Nouveau, una fuente con tres querubines y un anuncio de azulejos a la salida de la estación superior. Quedan fuera de la protección el volumen del hotel con su aparcamiento, las casetas frente al tramo sur de la Montaña Suiza y las atracciones desmontables de feria.
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